¡Cuánto erotismo pensó al verla!
Estaba dormida sobre un diván rojo, tenía su cabeza reclinada hacia el costado derecho, con los ojos cerrados y los labios marcando una sensual y relajada sonrisa. Su cuello, libre de cabello, estaba decorado con un collar de cuentas. Vestía una blusa blanca, ligeramente transparente, que le resbalaba sobre los hombros, mostrando sus pechos. Las manos entrelazadas descansaban en el regazo, indicando con ellas su ventura.
Sabía que estaba dormida, pero también sabía que posaba para él, como tantas otras veces había hecho. Sentada, parada, de espaldas, desnuda, leyendo… y ahora, dormida.
Posicionó su lienzo, sus pinceles y empezó a jugar con los colores. Contorneó su cuerpo con el pincel como si lo estuviera haciendo directamente sobre ella con sus manos. Una pincelada por aquí, otra por allá. ¡Tenía mucho afán por resaltar sus formas más voluptuosas, le hacía destacar su erotismo más exquisito! Jugaba con ellas, sus sombras y su imaginación, como un adolescente descubriendo el sexo por primera vez. Estaba creando un sueño, su sueño…
Ahora, nuevamente la observa, pero de forma diferente, lo hace desde el lado del recuerdo que vivió en ese momento de inspiración. Estudia la gama de colores que usó para crear la figura surrealista de la que fue su amante y madre de su hija Maya.
Recuerda cuando la historia los cruzó a principios del 27, cuando huía por las calles de París de una de las continuas peleas con su mujer Olga. Ahí la vio, una joven rubia que iba saliendo del metro de las Galerías Lafayette, dirigiéndose decidida a donde fuera que quería llegar, ensimismada en sus pensamientos, y él, ya cautivado por su forma, por su belleza…
“!Tienes una cara interesante, me gustaría hacerte un retrato! ¡Soy Picasso!»
Nunca pensó que aquel minuto del día, con el frío invierno de fondo, en aquel lugar, encontrara la que sería su musa, su amante…
Era un auténtico desconocido para ella. ¡No lo conocía!
Le propuso que fuera su modelo, pero no la convenció hasta que la llevó a una librería para enseñarle un libro con sus pinturas.
¡El tiempo mostró que se rindió a él, haciéndose inseparables, pero en secreto!
El 11 de septiembre de 1932, en La Kunsthaus Zúrich, cuando expuso su primera muestra retrospectiva individual, fue el día que todo el mundo se enteró de su aventura, fue la fecha que empezó a cementar su estatus como uno de los artistas más influyentes de su generación. Aquel día fue cuando el mundo conoció el alcance de su obra y a la que sería su gran musa… en ese momento. Decenas de pinturas con la cara inconfundible de la misma persona que llevaba pintando desde hacía pocos años, retratos en todas las posiciones y de todas las formas, colgaban de las paredes. El erotismo de los cuadros no dejó duda alguna, era ella, era Marie-Thérèse Walter, su sueño, “Le-Rêve”.
