Una vez hubo un gallinero donde las gallinas estaban avasalladas bajo el Gallo Bernardo, que siempre las tenía revoloteando de un lado para otro, y peleándose con todo pollo que se le cruzase. Las pobres estaban con la cabeza desplumada después de tanto monta – monta tanto, y ellos…, bueno, ellos simplemente desplumados como si de una batalla de almohadas fuera. ¡Cacareaba con tanto tesón y señorío que no dejaba duda quien era el patrón del territorio!
Éste no gustaba de la competencia y tal era su Osadía que hasta a Antonio se enfrentaba cada vez que entraba al gallinero con su cubo de trigo a darles de comer. Éstas corrían cacareando como locas felices hacía él, y no, ¡a Bernardo el gallo no le gustaba la idea que sus damas salieran corriendo en busca de otro! Tal era su intrepidez que no dudaba hincharse y lanzarse a las piernas, embistiéndolas con su pico mientras él las sacudía para zafarse de los celos bernardinos.
